Africa Latina-1
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  • Lanzamiento: 01 November, 2008

Venezuela siempre ha sido la tierra de lo posible. Por más de cinco siglos, las diferentes culturas de Europa, África, el Medio Oriente y otras regiones del mundo se han fusionado armoniosamente con las tradiciones autóctonas de esta exótica tierra. El resultado, particularmente en términos musicales, es la presencia de una riqueza de estilos diversos —muchos de los cuales constituyen híbridos irrepetibles, que no existen en ninguna otra parte. Cada uno refleja una faceta particular del extenso y multicromático tejido cultural venezolano. La identidad nacional del país abarca una deslumbrante variedad de influencias, que se extienden desde los picos de los Andes hasta las costas del Caribe, y más allá, hasta la infinita expansión de los llanos las tierras bajas que definen buena parte del vasto interior del país.

Mientras que, desde hace años, el potente cocktail de estilos musicales de un puñado de países latinoamericanos ha encantado a los escuchas y músicos en virtualmente cada confín del planeta, los tesoros de la música venezolana han permanecido mayormente en las sombras, reservados para unos pocos intrépidos que se han atrevido a adentrarse en aguas más allá de las costas familiares. Al igual que el mambo cubano, el tango argentino y la bossa nova de Brasil se han Ganado la adoración global, la riqueza musical de Venezuela y de otros países sudamericanos evolucionó orgánicamente, fuera del brillo del foco internacional.

El pianista y compositor Leo Blanco explora los fértiles sonidos de su patria y otros terruños en este trabajo de sorprendente virtuosismo. Mientras amplía nuestra apreciación colectiva de estas fértiles expresiones, Blanco añade el matiz, sutil y a la vez evidente, de su propio estilo, altamente intuitivo.

Nativo de la hermosa ciudad de Mérida, ubicada en los Andes venezolanos, Blanco obtuvo una extensa y rica educación y experiencia práctica en estilos musicales, tanto populares como clásicos. Sus primeros años en su ciudad natal fueron marcados por sus logros como estudiante de conservatorio, y su participación en la Orquesta Nacional Juvenil de Mérida. A los 17 años, se trasladó a Caracas en busca de desarrollar sus capacidades como músico, arreglista y compositor. Luego, lo hallamos en Berklee College y The New England Conservatory en Boston, donde su reputación floreció, y formó relaciones duraderas con algunos de los mejores jóvenes jazzistas de su generación.

Muchos de los más aclamados de estos músicos amigos —entre otros notables, el baterista mexicano Antonio Sánchez, el saxofonista Donny McCaslin, y el guitarrista Lionel Louke, oriundo de Benín— se unen a Blanco en esta travesía, a través de nueve piezas, por las regiones más remotas de Venezuela, Colombia y Perú. Lejos de proponer una simple perspectiva jazzística de distintos estilos musicales sudamericanos, Blanco y sus compañeros enfocan un elemento particularmente atrayente —la vasta influencia de las culturas africanas sobre la música de estas tierras. “Cuando la mayoría de las personas escuchan el término ‘afro-latino’ referido a la música,” admite el pianista, “inmediatamente piensan en Cuba y Brasil. Siempre he amado la música de estas dos culturas titánicas, pero creo que ya es hora de abrir la puerta y mostrar al resto del mundo cómo África es una de las influencias más significativas en la música popular de nuestros días, en toda América.”

 

El enfoque adoptado por Blanco en este proyecto es intransigentemente holístico. Ningún atajo fue admitido. Desde los elementos rítmicos y melódicos hasta los detalles de los arreglos, la selección de los músicos y el uso selectivo de una amplia gama de exóticos instrumentos de percusión de África y Suramérica, su intención fue unir las tradiciones del jazz y sus raíces afro-latinas de forma absolutamente inédita. Los resultados son reveladores y estimulantes. La pieza que da inicio al álbum establece la atmósfera apropiada, y prepara al oyente para lo que seguirá.

“Caraballeda” recibe su nombre por un pequeño pueblo afro-venezolano en la costa del Caribe, donde las costumbres religiosas locales han producido el ritmo utilizado aquí por Blanco, el sangueo. “En general, la percusión es un componente vital de mi música,” explica. “La forma en que abordé el proyecto fue lograr la interacción entre una serie de estratos de sonidos más tradicionales y un sonido contemporáneo inscrito en el world music. Busqué a percusionistas conocedores de los elementos afro-tradicionales de Venezuela, Colombia y Perú, y luego combiné su sonido con otros ritmos del mundo, de África y Asia Central.” En la sección rítmica, Sánchez es acompañado por la percusionista venezolana Jackeline Rago y por el co-productor Steve Shehan, experto en ritmos orientales.

La conexión con África se consolida en “Serendipity,” otra pieza de raíces venezolanas ligadas al uso del conjunto quintiplas —tubos de bambú usados como instrumentos rítmicos— en la comunidad afro-venezolana de Barlovento, en el estado Miranda. El guitarrista Louke evoca el nexo transatlántico a través de una vocalización alegórica, mientras que Heeidi Rondón, una talentosa vocalista afro-venezolana, libra un enérgico duelo de llamada-respuesta con Louke. La presencia hipnótica de los saxos de McCaslin y el robusto acompañamiento del líder hacen del tema uno de los muchos puntos resaltantes del disco.

“Gaita” capta la simplicidad y elegancia de una procesión afro-colombiana a través del lamento de las flautas colombianas de Víctor Cruz —la versión masculino-femenina complementaria de la gaita tradicional— y la línea seductora y ondulante de Blanco. “Perú Lando” es otra revelación, ya que el piano de Blanco flota ligero sobre el pulso andante del ritmo afro-peruano del cajón de Diego Álvarez, ocasionalmente hilvanándose con los delicados Kenachos de Roberto Cachimuel —flautas usadas en la música folclórica de las montañas de Ecuador, Bolivia y Perú.

La validez de la visión de Blanco se confirma cuando la sesión migra hacia “Afro East” y “Yemen,” extendiendo su periplo sónico a las laderas externas de la experiencia compartida entre África y América Latina. El reto de integrar exitosamente partes aparentemente dispares se logra a través de matices polirítmicos diligentemente construidos, cantos de Ghana, y la acertada combinación de instrumentos folclóricos etíopes (harpa y violín) con percusión vernácula de África y Venezuela.

El tema que da título al álbum, suerte de opus, es otro momento triunfal, cuando Blanco lidera la más reducida unidad de la sesión, configurada según los parámetros del jazz: un quinteto, que atraviesa el exigente terreno de un arreglo que se extiende más allá de los once minutos. La transición de un enfoque más anclado en el world music de la primera parte de este trabajo, hacia un sonido se debe más abiertamente al jazz, demuestra cómo se mantiene el pulso africano en un escenario explícitamente orientado hacia el género.

“Long Term” extiende la tangente jazzística de Blanco en un escenario de alto voltaje, que nos presenta la destreza rítmica del piano y el envolvente tono del clarinete bajo de Billy Drewes. La obra final, “Venezuelan Rhapsody,” rinde homenaje, aunque de forma plenamente modernista, al ritmo más célebre de Venezuela, el galopante 6/8 del joropo.

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